(Sinceramente, para mí, o escribo o no escribo, nunca me sale nada si me fuerzo porque me bloqueo, y en ocasiones, cuando me bloqueo, escribo cosas sobre bloquearse... ¿Me seguís lo que digo?)
El bolígrafo estaba en sus dedos, colgaba sin mucha fuerza sobre el papel del cuaderno, a escasa distancia de éste esperando una orden para lanzarse a escribir sobre él. Impaciente por descargar su tinta, le desesperaba el juego que se traía entre manos el pulgar, quien pulsaba su espalda haciendo que su punta entrara y volviese a salir, casi rozando el papel, para volver a entrar y dejarle con las ganas de haber tocado la cuadrícula. Y por veinte veces que ocurriera, veinte veces creía que esta vez sería la buena, que al cretino de arriba se le habría ocurrido al fin una idea que mereciera la pena, y no desangrarse estúpidamente sobre un papel que acabaría arrugado y en la basura con una idea de poca monta; y tal vez serían mejores sus ocurrencias si el pulgar dejara de distraerle, había contado veintiocho pulsaciones antes de perder la cuenta, ahora irían por más de treinta. Y de repente, el pulgar se detenía y la mano se lanzaba a escribir frenética, ¡Por fin una idea!
Falsa alarma, tras dos líneas volvía al principio para tachar todo lo escrito. Y vuelta entonces a empezar de cero, vaya un desperdicio de su azulada sangre.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Qué trauma... Soy un asesino de bolis...
ResponderEliminarXDD No seas así, que los bolis están para eso.
ResponderEliminar