viernes, 29 de enero de 2010

No sin despedirme. Capítulo III

Ya en la planta baja aún se oían los gritos que llegaban de arriba, el señor Ortega tenía buenos pulmones para la edad de la que ya hacía gala. El chico, sin embargo, parecía más inseguro al dar voces. A Laura no le gustaba que la gente armara tanto jaleo a su alrededor por cosas que solían ser insignificantes al lado de ciertos problemas que existían en el mundo. Podría decirse que le parecía egoísta creerse el centro del universo, a su parecer sólo debía gritarse por auténticos problemas. Cosas importantes. Salió por la puerta de la facultad a la calle al tiempo que se enrollaba la bufanda, la nieve seguía por allí en algunas partes del suelo.

-¡Rayos!

Cosas realmente importantes.

-¡Maldición!- Hugo estaba gritando.- ¡No logro atrapar un copo de nieve con la lengua!- Y evidentemente no lo hacía por algo importante.
-Hugo… ni siquiera nieva.
-¡Por eso no consigo atrapar nada! Llevo un rato con la lengua fuera y aún no ha empezado a nevar. Se lo vi hacer a los chicos de ayer, si atrapas uno da de eso… esa cosa…
-¿Suerte?
-Sí. La suerte es una cosa buena, ¿no?

Laura guardó silencio. Mientras iba metiendo las manos en sus guantes.

-Pueg yo voy a dejag la lengua asíg hasta que niegue.

Laura aceleró un poco el paso. Cuando resbaló con un poco de nieve que cedió bajo su pié paró un segundo a recoger un guante que se le había caído, el otro ya había conseguido ponérselo. Se colocó el guante tras sacudirlo un poco y siguió caminando, esta vez con más cuidado.

-¡Qué niegue, qué niegue!

Laura observó que la calle por la que habían girado estaba vacía. Hugo guardó un segundo la lengua.

-Necesito un copo de nieve para que me dé suerte. ¡Deberías intentarlo tú también, Lauri! Más suerte tendremos.
-Supongo… Pero no nieva Hugo.
-¡Pues yo la que hay en el suelo no la voy a chupar!
-Supongo que no… Pero no conseguirías un copo aunque nevara.
-¿Cómo que no? ¡Puedo hacer lo que yo quiera!
-Quiero decir…
-Y de hecho voy a hacer lo que yo quiera. ¡Empezangdo yag!- Hugo tenía de nuevo la lengua al aire.
-Tú igual que siempre…
-Laurig… Cuando empiece a nevarg seré el primego en coger uno. Y ya no te burglagás de mí.
-No me he burlado…-Laura suspiró- Seguro que atrapas todos los que quieras niño grande.
-¿Nigno qué?
-Nada, déjalo.

En ese momento a Laura no le quedó más remedio que mostrar una pequeña sonrisa. Si había alguien que la hacía sentir mejor era Hugo, él nunca había perdido esa forma infantil de comportarse, además con el tiempo Hugo parecía haber desarrollado incluso cierto toque de locura. Él no era como Laura. Hugo se comportaba como un crío, en el sentido de que todo cuanto veía era como si fuese la primera vez que lo veía, todo era nuevo aunque lo viese dos veces el mismo día, y todo lo quería tocar aunque no pudiera. Era una sensación rara, Hugo daba más importancia a un copo de nieve que a cualquier problema serio. Laura odiaba a la gente que hacía eso, sin embargo con Hugo era diferente, porque al conocerse mejor había comprendido que Hugo lo hacía sólo para poder distanciarse del problema, para pensar con sangre fría, y para relajar en parte a todo el que lo viera. Laura por el contrario no podía pensar en otra cosa si había un problema cerca, y aunque no lo hubiera, nunca había dado importancia a cosas tan nimias como un copo de nieve.

-¿Laura?
-¿Sí, Hugo?
-¿No estás cansada?
-¿Sinceramente?
-Lo prefiero…
-Si me tumbara en el suelo me dormiría.

Hugo tardó un momento en contestar. Cuanto más infantil parecía, más pensaba en algo serio, así lo había observado Laura con el tiempo.

-Deberías acostarte un rato, Lauri.
-Ya lo sé.
-Podríamos acelerar un poco si quieres. Llegaríamos antes a tu casa.
-No pasa nada.
-Lauri.
-¿Sí, Hugo?
-Siento que lo de anoche no saliera bien. No era la persona que buscábamos ni por asomo.
-No te preocupes, Hugo.
-Si lo hubiese sido ya no tendrías que aguantarme. Y podrías dormir más.

Laura nunca lo confesaría porque, como dúo de trabajo, Hugo y ella tenían poco futuro, pero ella sabía que cuando todo hubiera acabado le echaría de menos.

-Duermo lo que yo decido dormir. No te preocupes.
-¡Por el camino para no dormirte puedes intentar atrapar un copo de nieve!

Laura nunca había hablado con él de cómo usaba su carácter infantil para tapar un pensamiento más importante, ni tampoco de cómo, cada vez que ese pensamiento parecía ir a salir en una conversación, él daba un vuelco al tema para quitar importancia al asunto. Laura tenía la rara habilidad de ver más allá de los rostros, podía ver el espíritu de una persona, pero nunca usaba lo que veía para echarlo en cara.

-¡Si atrapas uno tendremos más suerte esta noche que la anterior! Después de que duermas algo, ¿adónde iremos?
-Aún no lo sé con seguridad. Creo que hay alguien con quien podríamos hablar. ¿Recuerdas el pequeño museo que visitamos el otro día?
-El de las exposiciones independientes para amateurs. Lo recuerdo.
-Un hombre que trabajaba allí hace tiempo puede que sepa decirnos algo. Pero tendremos que dejarlo para mañana, esta noche no vamos a poder verle. Aún no me he decido pero también hay un par de direcciones en las que podríamos preguntar.
-No sé de dónde sacas tanta información, Lauri.
-Gran parte de Internet. Aunque preguntar a la gente sigue siendo útil.
-Y de la guía de teléfonos.
-Exacto.- Laura rió- De la guía de teléfonos.

Después Hugo volvió a sacar la lengua y miró al cielo. Laura notó algo en su mejilla y también miró hacia arriba. En ese momento, empezó a nevar.

jueves, 28 de enero de 2010

Cantaba la rana y otros animales

Do, Re, Do, Re… La rana en el lago alternaba sus dos notas preferidas, primero Do, después Re, y vuelta a empezar. Un mosquito que pasaba por allí al oír Do y Re se atrevió a acercarse y silbar, Mi. La rana dejó de croar. Y con algo que sonó como un rápido Fa, que enmudeció un segundo Mi del mosquito, lanzó la lengua y se lo comió. Al tragar sonó algo parecido a un Sol bastante grave. Después un silencio de blanca y otra vez desde el principio. Do, Re, Do… Antes del siguiente Re, un pez asomó del agua y emitió un burbujeante Re. Y ambos comenzaron a dúo, Do, Re, Do, Re. Y entonces dos libélulas pasaron por allí silbando en La. Y así el pez con un salto que sonó a Si, y la rana con un lengüetazo del mismo tono, se comieron a las libélulas y rompieron la armonía.









En realidad no tengo demasiada idea de música (de momento) pero es un fragmento curioso que estoy seguro no incluiré en ningún otro cuento más largo.
Necesitaba hacer saber que sigo vivo y con intenciones de continuar este blog, de hecho me prometí a mí mismo actualizar mínimo cada dos semanas. ¡Qué se le va a hacer! Las musas se me han dormido en los laureles y he recurrido a este párrafo viejo. Pero ya estoy de vuelta, tengo media entrega de la continuación de No sin despedirme (título que cuanto más lo pienso más me suena a culebrón, quizá haga un cambio disimuladamente) escrita, así que espero acabarla para el viernes noche. Nos vemos pronto.

domingo, 10 de enero de 2010

Los besos llenan los bares

Sin querer hieren los corazones
Sin perder nada en la partida
Apuestan sin motivos ni razones
Apuestan por causas perdidas

No creen en el qué dirán
Ni entienden de conciencia
Ni tampoco encontrarán
El significado del amor
No siguen la abstinencia,
Por el hombre creada
Y mucho menos comprenderán
Del enamorado la dolencia

Los besos no entienden
Lo que ellos contienen

Un hombre en un bar bebe
Para olvidar un beso, bebe
Que no le gustó
Que le hace sufrir
Que no desearía haber vivido
Tres taburetes más allá
Un hombre bebe para recordar
Un beso que amó
Un beso que perdió
Quiere recordar que lo tuvo
Pues si perderlo le ha dolido
Quiere pensar como sería
Si jamás lo hubiese tenido

Los besos burlones comentan entre sí
¿Qué le pasa a ese?
Pregunta beso tímido
Las lágrimas le aguan la bebida
Observa beso largo
No entiendo a estas personas
Sentencia el beso de alguien desconocido

Los besos no entienden
Lo que ellos contienen

Poetas y escritores intentan
Por mil versos o mil renglones
Describir lo que implica
Un beso con sentido
Sentido que no encuentran
Sentido perdido
En mil versos y reglones
Que escribieron en servilletas
En el bar donde las lágrimas aguan su bebida
Uno levanta la cabeza
Se miran fijamente
Sus penas se entienden
Ambos se lamentan

Mientras los besos aún comentan
Parecen deprimidos
Se entristece beso corto
Sólo son labios que se juntan
Gruñe beso rechazado
No veo la importancia
Tampoco yo la veo

Los besos no entienden
Lo que ellos contienen

En los bares se reúnen todos ellos
Traídos por los que les dieron vida
En los bares se reúnen sin hablarse
Todas las causas perdidas
De todo tipo, en todas partes
Mujeres y hombres lo sufren
La pérdida o encuentro de un beso
Aunque para cada uno signifique algo
Todos comparten un dolor
Causado por los besos
Causado sin intención
Brindarán a la salud de un beso mal dado
De un beso amado

Mientras en el aire
Los besos halagados
No saben el por qué
De esa copa a su existencia
Sigo sin comprender
No veo la importancia
Comentan los besos que llenan los bares

Los besos no entienden
Lo que ellos contienen

sábado, 2 de enero de 2010

No sin despedirme. Capítulo II

(Hola de nuevo, en primer lugar felicitar las fiestas y el año nuevo, que en su día no puse nada. Me hubiese gustado una entrada sobre el Cuento de Navidad de Charles Dickens, pero no pudo ser, la guardo para el próximo año. Y en segundo lugar, aquí está el siguiente capítulo de "No sin despedirme", como escribo sobre la marcha y no tengo el final de la historia muy claro aún no sé adónde irá a parar, pero de momento no está mal. Eso sí, mezclo la narración con los diálogos de una forma que me gustaría saber si se entiende. Así que si opináis mejor que mejor, y si no, pues nada. Intentaré avanzar con la historia publicando cada dos semanas más o menos, así que nos vemos en dos semanas...)



De hecho, el bedel se estaba volviendo adicto a las bromas, a menudo crueles y sin sentido. La última había sido anunciar el fallecimiento de uno de los profesores más respetados entre sus compañeros, quien lo pasó muy mal cuando llegó a la universidad aquella mañana y se encontró el edificio cerrado por luto. Debió ser terrible cuando se enteró de a quién estaba dirigido.
Casi todo el mundo sabía o sospechaba quién había comenzado el rumor. Pero sin pruebas físicas y sin una confesión del viejo conserje nunca pudo demostrarse, y la historia pasó a ser una simple anécdota que circulaba en boca de los alumnos a la hora del café.

-Disculpe, ¿el cartel del aula 108 es auténtico?
-Me temo que sí. El profesor Hernández está bastante mal.

Se habría convertido en sólo una anécdota, pero recordaba a la gente las medidas a tomar para que no se repitiera algo así. Preguntar en secretaría era una de ellas. Correr sin vacilar cuando alguien grita “fuego” era otra, pero esa es una anécdota diferente.

-Ahí hay una hucha si quieres hacer un pequeño donativo. Estamos haciendo una colecta para enviarle unas flores, le deseamos que se mejore.

A no ser que fueran algún tipo de flores medicinales, Ángel no creía que fuera a mejorar. Pero si alguien se gasta el dinero en algo que marchitará en unos días sólo para demostrar que se acuerda de ti, definitivamente si no te sientes halagado, estás muerto por dentro. Recogió unos bonos descuento para la pizzería de tres calles más allá y echó unas monedas al salir. Sabía que la secretaria estaba pensando que él era un tacaño (aunque seguro que de una forma mucho más insultante de decirlo), pero qué podía hacer él, acaba de coger vales para una pizzería, no podía dejar más claro que no era rico.

-Fiesta. ¿Existe palabra más bonita?
-Seguro que sí, pero claro tú no buscas que te contesten…
-¿Vendrás verdad? Es el cumpleaños de María y voy a dar una fiesta en el piso. Será genial, estoy invitando a casi toda la universidad.
-No sé, Juan, siempre invitas gente rara que no conozco.
-Pues se les conoce. ¿Conoces el significado de sociabilidad?
-Juan…
-Vendrás, ya lo creo, el sábado a partir de las doce.
-Está bien- suspiró Ángel- iré.
-¡Genial! Te veré allí. ¡Oye! Este… ¡Amiga!

Juan se marchó detrás de una chica para invitarla a la fiesta, a quien seguro que no conocía de nada. Y Ángel se encaminó hacia las escaleras de nuevo, en busca del despacho de uno de sus profesores en el que debía dejar un trabajo. Estaba siendo un buen día. A pesar de haberse levantado tan temprano no estaba yendo mal el día; ahora tenía toda la mañana libre, aunque le sentaba un poco mal aquello si pensaba que en secretaría recogían dinero debido a esa ausencia, y le habían invitado a una fiesta. No había salido en semanas, y tenía claro que le vendría bien tomar el aire. Y al hombre que en el pasillo justo entre los despachos y él fregaba el suelo también le hubiera venido bien. Débil a simple vista, pero con un carácter hecho para alejar a quien pensase en acercarse, el viejo conserje escurría en ese momento la fregona y la dejaba apoyada en la pared; estaba claro que el suelo estaba mojado y que el anciano no iba a moverse hasta asegurarse de que se quedaba bien seco. Sacó un periódico que tenía enrollado en el bolsillo de la chaqueta y se sentó en una silla. El pobre cascarrabias sólo fregaba un pasillo al día, nunca seguía un orden lógico, y todo el que lo veía sabía que no podría pasar por allí hasta unas cinco horas más tarde. Ángel no tenía tanta paciencia.

-¿Es que estás ciego?

Pasar como si nada no había dado resultado como era de esperar, y el conserje le había dejado pisar lo justo para no estropear nada pero lo suficiente para merecerse sus gritos.

-¡Te he preguntado si estás ciego! ¿Ves la fregona? ¿Ves el suelo mojado? ¡No tienes ojos si no los ves!
-Disculpe, necesito pasar a dejar una cosa.
-¡Está mojado! Cuando se seque.
-¿Cuándo cree que se secará?-se aventuró a preguntar Ángel.
-Se secará cuando se seque.
-Pero tengo prisa…
-¡Vuelve más tarde!
-¿En cuanto tiempo?
-En el tiempo que haga falta para que se seque…
-¿Y cuando será?
-¿Te burlas de mí? Será cuando sea.
-¿Se burla usted?
-Yo nunca bromeo.
-No hace falta que lo jure.
-¿Insinúas algo?
-No insinúo nada.
-Mira chico no me toques las narices. Otro en tu lugar habría intentado pasar a empujones, pero como eres bueno vete ahora y nos ahorraremos la pelea.
-No me fastidie…

Aquel no estaba siendo un buen día. Después de pasar la noche en vela había tenido que ir a una clase muy temprano.

-¡Déjeme pasar! ¡No voy a estar aquí toda la mañana!

Tenía decidido que en cuanto resolviera un par de detalles se iría a dormir a casa.

-Mira chaval, ¿alguna vez te han pegado con una fregona? ¡Duele! Te lo aseguro.

Después de todo el lío de siempre no le había servido de nada, y si se molestaba en ir a clase a esas horas era porque uno de esos discursos le ayudaba a despejar la mente, no pensar en nada y a conciliar el sueño cuando se metiese por fin en su cama. La noche que había pasado en vela no era la última ni mucho menos.

-¡Apártese! ¡Por favor!

Para colmo un pobre tonto había caído en los gritos del señor Ortega, el bedel de la universidad, y los gritos la ponían muy nerviosa. Laura aligeró el paso para sortear por tercera vez al chico que no paraba de invitarla a una fiesta el sábado, a quién ni siquiera conocía, y bajó las escaleras al tiempo que el chico daba un pequeño grito y el señor Ortega se regocijaba:

-¡Te dije que los golpes de fregona duelen!

sábado, 19 de diciembre de 2009

No sin despedirme. Capítulo I

(Mi idea era no publicar nada que no hubiese escrito de principio a fin, pero como no puedo mantener el blog con ese ritmo de actualización, he decidido coger una de las ideas de las que tenía más secundarias e ir escribiendo sobre la marcha. Aún no sé qué saldrá. Aquí comienza la primera historia larga que publico en la web: No sin despedirme)

-Hace frío.
-Como siempre, supongo.
-No, esta vez hace más frío, te lo digo yo.
-Tú siempre tienes frío, es normal, al fin y al cabo…
-¡No empieces! Sé distinguir cuando hace frío de verdad, mira ¿ves eso?
-¿El qué?
-Eso del suelo, lo blanco que los niños se tiran a la cara.
-¿La nieve?
-¡No! Lo blanco…- reflexionó un momento- Sí, la nieve. Aparece cuando hace frío, ¿no?
-Sí, supongo.
-Pues eso, que hace frío.
-Como siempre, supongo.
-Aunque esos niños parecen felices, ¡Toma! ¡Le dio en toda la cara!
-Como siempre, supongo.
-No seas así, chiquilla, mira la Luna. ¡Está preciosa!
-Eso es una farola, Hugo.
-Ah, ¿y la luna cuál es?
La chica señaló arriba, tras unos edificios, donde si uno se fijaba vería la Luna tapada por algunas nubes a falta de unos días para estar llena.
-¿Es eso? ¿De veras?
-Sí.
-Pues la farola está mucho más preciosa, sin duda.
-Jeje, como siempre, supongo…
-¡Te lo digo en serio! Si ahora mismo me dijeran: “¡Tienes que poner esa farola en tu casa!”, yo diría: “Sí, ¿Por qué no? ¡Está preciosa!”. Pero si me dijeran, no sé, de colgar la Luna en mi habitación, por ejemplo, diría: “¡Ni pensarlo! ¿Tú la has visto? ¡No! ¿Y por qué? Porque apenas brilla…”.

Siguieron caminando y, a cada rato, Hugo se paraba a comentar algo de lo que veía, tras un rato de discurso sobre las farolas, y sus diferentes formas y modelos, pasó a hablar sobre los niños que jugaban en vez de estar durmiendo, con un tono de voz marcado por la añoranza de su infancia pero alegre y realmente sumergido en el juego. Celebraba cada logro y maldecía cada resbalón de los pequeños, y mientras, ella escuchaba, sólo en parte, y suspiraba al contestar: como siempre, supongo.

-¿Me estás haciendo caso?
-Como siempre…
-Es decir no.
-…Supongo…
-¡Tu apatía va a acabar conmigo! ¡Estás viva chiquilla, disfrútalo!
-… ¿Eh?... Perdona, ¿qué decías?
-Digo que vayas a la tienda, te compres una de esas farolas tan bonitas para tu casa y verás como te animas. ¡Vamos!
-Es la 1 de la mañana, Hugo, ninguna tienda está abierta.
-Entonces iremos mañana.
-Mañana tengo clase…
-Entonces, ¿qué haces levantada, no tienes que dormir? Los niños pueden perder un día de clase por esto, pero, ¿Crees que en la universidad podrás?
-No podía dormir, últimamente me resulta difícil…
-¿Eso es porque no me callo? Porque podría callarme si me lo pidieras…
-No, no es por ti… Tampoco podía dormir antes de conocerte…
-¿Es algún chico? ¿Alguno que yo conozca?
-No.
-¿No lo conozco? ¿Y por qué no me lo has presentado? Tengo derecho a saber quién no deja dormir a mi Laura. Creía que nos lo contábamos todo…
-Tú me lo cuentas todo, yo sólo escucho.
-Pues eso no está bien, ¡Debes hablar! Posicionarte, imponerte… Cuéntame quién es, o el que no podrá dormir seré yo.
-No es nadie, te lo has inventado todo sobre la marcha.
-Bueno, entonces, ¿Qué te impide dormir?
-Nada en particular.
-Sí que lo sabes. Has contestado muy rápido. Eso es que me ocultas algo.
-No lo sé. Nada nuevo, todo el mundo puede pasar por una mala racha.
-Yo sólo quiero saber si estás bien, ¿Lo estás?
-Sí, claro que sí. Como siempre…
-No eres muy convincente.
-…Supongo.
-En fin, hemos llegado, si esto sale bien mañana dormirás como una niña.
-¿Eso crees?
-Bueno, yo me habré ido.
-Sí. Te echaré de menos.
-Y yo, créeme. Pero no anticipemos los hechos. Tenemos que comprobar que es aquí.
-Está bien. ¡Qué comience la fiesta!

La noche del domingo pasó rápida, igual que había llegado. Y la mañana del lunes entró con fuerza en la vida de la gente, tan fuerte como el ruido de un despertador que se mete en la cabeza como si picaran en ella montones de mineros y de repente uno hubiese gritado: ¡Te has pasado con la dinamita! ¡Me has dejado sordo!; sólo que esto no había pasado porque todos sabemos que en nuestra cabeza no hay mineros con dinamita, suelen preferir taladros y picos que tratan mejor los yacimientos y, además, pueden usarse más de una vez.
Un despertador hubiera volado contra la pared aquella mañana, uno más aparte de los que sí que volaron en otras casas, de no ser porque Ángel no era impulsivo y sabía que si lo hacía le tocaría ir a comprar otro y al igual que los mineros prefería las cosas que se podían usar más de una vez.
Y si Ángel tenía algún problema, desde luego, era este (el de no ser impulsivo, no el de los mineros, lo mineros son metafóricos). Por las mañanas iba a la facultad, por la tarde estudiaba, por la noche dormía, y, si se acordaba, entre medias comía. Y a todas horas se lamentaba por ello. Pues hace tiempo que parecía haber decidido que su vida era tremendamente aburrida. Y mientras pensaba en lo poco que deseaba levantarse aquella mañana apagó el despertador y, sin quererlo, se quedó dormido.

Una hora y media más tarde iba corriendo, tratando de no patinar con los restos de nieve que quedaban de la noche anterior, echando vapor por la boca debido a la respiración agitada en aquel frío matinal y con la bufanda mal anudada al cuello. Camino de la facultad maldiciendo no haberse levantado al primer toque de despertador.

Y al llegar, subió la escalera, corrió a su clase y leyó el cartel de la puerta. Decía algo como: “El profesor de esta chorrada de asignatura, impartida de 9 a 11 a.m., no ha venido por enfermedad todos le deseamos que no se recupere”.
Parecería una broma de no ser por el conocimiento público de que el bedel iba a ser jubilado después de muchos años sin su permiso, y ciertas cosas parecían indicar cierto resentimiento por su parte.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Philippe Delerm

(Hoy inauguro nueva sección, al principio sólo iba a escribir en el blog cosas propias pero de vez en cuando voy a dedicar alguna entrada a otros autores. Consistirá en un fragmento o texto del autor, un breve párrafo de biografía y al final las fuentes. Para comenzar: Philippe Delerm.)



El primer trago de cerveza

Es el único que cuenta. Los otros, cada vez más largos, cada vez más anodinos, no dan más que una pastosidad calentorra, una abundancia malgastada. La última, quizá, encuentra la desilusión de acabar una apariencia de poder…
¡Pero el primer trago! ¿El trago? Comienza mucho antes de la garganta. Sobre los labios ya este oro espumoso, frescura amplificada por la espuma, después lentamente sobre el feliz paladar tamizado de amargura. ¡Qué largo parece, el primer trago! Se bebe en seguida, con una avidez erróneamente instintiva. De hecho, todo está escrito: la cantidad, ni demasiada ni demasiada poca, que hace falta para el comienzo ideal; el bienestar inmediato puntuado por un suspiro, un chasquido de lengua, o un silencio que los equivalga; la engañosa sensación de un placer que se abre al infinito… Al mismo tiempo, ya lo sabemos. Todo lo bueno se acaba. Dejamos el vaso, y lo alejamos incluso un poco sobre el pequeño posavasos. Saboreamos el color, falsa miel, frío sol. Por todo un ritual de tranquilidad y de espera, querríamos controlar el milagro que acaba a la vez de producirse y de escaparse. Leemos con satisfacción en el frente del vaso el nombre preciso de la cerveza que habíamos pedido. Pero continente y contenido pueden interrogarse, responderse sin parar, nada se multiplicará más. Nos gustaría guardar el secreto del oro puro, y encerrarlo en fórmulas. Pero delante de su pequeña mesa blanca salpicada de sol, el alquimista frustrado no guarda las apariencias, y bebe cada vez más cerveza con cada vez menos gusto. Es una felicidad amarga: bebemos para olvidar el primer trago.

Sobre el autor:

Escritor francés nacido en noviembre de 1950 hasta la actualidad. Licenciado en letras en la facultad de Nanterre; Delerm se da a conocer con sus poemas en prosa titulados “El primer trago de cerveza y otros placeres minúsculos”, publicado en 1997, a partir de ahí escribiría varias novelas y algunos libros para niños. En 2007 abandona su puesto de profesor para dedicarse por completo a escribir. Aficionado al deporte colaboraba con el períodico deportivo L’Equipe y en 2008 fue invitado a comentar lo juegos olímpicos de Pekín.

Datos varios:

Título original: La première gorgée de bière
Autor: Philippe Delerm
Traducción: David Noguera
Fuente biográfica: Wikipedia.fr

jueves, 10 de diciembre de 2009

De sangre azul

(Sinceramente, para mí, o escribo o no escribo, nunca me sale nada si me fuerzo porque me bloqueo, y en ocasiones, cuando me bloqueo, escribo cosas sobre bloquearse... ¿Me seguís lo que digo?)





El bolígrafo estaba en sus dedos, colgaba sin mucha fuerza sobre el papel del cuaderno, a escasa distancia de éste esperando una orden para lanzarse a escribir sobre él. Impaciente por descargar su tinta, le desesperaba el juego que se traía entre manos el pulgar, quien pulsaba su espalda haciendo que su punta entrara y volviese a salir, casi rozando el papel, para volver a entrar y dejarle con las ganas de haber tocado la cuadrícula. Y por veinte veces que ocurriera, veinte veces creía que esta vez sería la buena, que al cretino de arriba se le habría ocurrido al fin una idea que mereciera la pena, y no desangrarse estúpidamente sobre un papel que acabaría arrugado y en la basura con una idea de poca monta; y tal vez serían mejores sus ocurrencias si el pulgar dejara de distraerle, había contado veintiocho pulsaciones antes de perder la cuenta, ahora irían por más de treinta. Y de repente, el pulgar se detenía y la mano se lanzaba a escribir frenética, ¡Por fin una idea!
Falsa alarma, tras dos líneas volvía al principio para tachar todo lo escrito. Y vuelta entonces a empezar de cero, vaya un desperdicio de su azulada sangre.