(Hola de nuevo, en primer lugar felicitar las fiestas y el año nuevo, que en su día no puse nada. Me hubiese gustado una entrada sobre el Cuento de Navidad de Charles Dickens, pero no pudo ser, la guardo para el próximo año. Y en segundo lugar, aquí está el siguiente capítulo de "No sin despedirme", como escribo sobre la marcha y no tengo el final de la historia muy claro aún no sé adónde irá a parar, pero de momento no está mal. Eso sí, mezclo la narración con los diálogos de una forma que me gustaría saber si se entiende. Así que si opináis mejor que mejor, y si no, pues nada. Intentaré avanzar con la historia publicando cada dos semanas más o menos, así que nos vemos en dos semanas...)
De hecho, el bedel se estaba volviendo adicto a las bromas, a menudo crueles y sin sentido. La última había sido anunciar el fallecimiento de uno de los profesores más respetados entre sus compañeros, quien lo pasó muy mal cuando llegó a la universidad aquella mañana y se encontró el edificio cerrado por luto. Debió ser terrible cuando se enteró de a quién estaba dirigido.
Casi todo el mundo sabía o sospechaba quién había comenzado el rumor. Pero sin pruebas físicas y sin una confesión del viejo conserje nunca pudo demostrarse, y la historia pasó a ser una simple anécdota que circulaba en boca de los alumnos a la hora del café.
-Disculpe, ¿el cartel del aula 108 es auténtico?
-Me temo que sí. El profesor Hernández está bastante mal.
Se habría convertido en sólo una anécdota, pero recordaba a la gente las medidas a tomar para que no se repitiera algo así. Preguntar en secretaría era una de ellas. Correr sin vacilar cuando alguien grita “fuego” era otra, pero esa es una anécdota diferente.
-Ahí hay una hucha si quieres hacer un pequeño donativo. Estamos haciendo una colecta para enviarle unas flores, le deseamos que se mejore.
A no ser que fueran algún tipo de flores medicinales, Ángel no creía que fuera a mejorar. Pero si alguien se gasta el dinero en algo que marchitará en unos días sólo para demostrar que se acuerda de ti, definitivamente si no te sientes halagado, estás muerto por dentro. Recogió unos bonos descuento para la pizzería de tres calles más allá y echó unas monedas al salir. Sabía que la secretaria estaba pensando que él era un tacaño (aunque seguro que de una forma mucho más insultante de decirlo), pero qué podía hacer él, acaba de coger vales para una pizzería, no podía dejar más claro que no era rico.
-Fiesta. ¿Existe palabra más bonita?
-Seguro que sí, pero claro tú no buscas que te contesten…
-¿Vendrás verdad? Es el cumpleaños de María y voy a dar una fiesta en el piso. Será genial, estoy invitando a casi toda la universidad.
-No sé, Juan, siempre invitas gente rara que no conozco.
-Pues se les conoce. ¿Conoces el significado de sociabilidad?
-Juan…
-Vendrás, ya lo creo, el sábado a partir de las doce.
-Está bien- suspiró Ángel- iré.
-¡Genial! Te veré allí. ¡Oye! Este… ¡Amiga!
Juan se marchó detrás de una chica para invitarla a la fiesta, a quien seguro que no conocía de nada. Y Ángel se encaminó hacia las escaleras de nuevo, en busca del despacho de uno de sus profesores en el que debía dejar un trabajo. Estaba siendo un buen día. A pesar de haberse levantado tan temprano no estaba yendo mal el día; ahora tenía toda la mañana libre, aunque le sentaba un poco mal aquello si pensaba que en secretaría recogían dinero debido a esa ausencia, y le habían invitado a una fiesta. No había salido en semanas, y tenía claro que le vendría bien tomar el aire. Y al hombre que en el pasillo justo entre los despachos y él fregaba el suelo también le hubiera venido bien. Débil a simple vista, pero con un carácter hecho para alejar a quien pensase en acercarse, el viejo conserje escurría en ese momento la fregona y la dejaba apoyada en la pared; estaba claro que el suelo estaba mojado y que el anciano no iba a moverse hasta asegurarse de que se quedaba bien seco. Sacó un periódico que tenía enrollado en el bolsillo de la chaqueta y se sentó en una silla. El pobre cascarrabias sólo fregaba un pasillo al día, nunca seguía un orden lógico, y todo el que lo veía sabía que no podría pasar por allí hasta unas cinco horas más tarde. Ángel no tenía tanta paciencia.
-¿Es que estás ciego?
Pasar como si nada no había dado resultado como era de esperar, y el conserje le había dejado pisar lo justo para no estropear nada pero lo suficiente para merecerse sus gritos.
-¡Te he preguntado si estás ciego! ¿Ves la fregona? ¿Ves el suelo mojado? ¡No tienes ojos si no los ves!
-Disculpe, necesito pasar a dejar una cosa.
-¡Está mojado! Cuando se seque.
-¿Cuándo cree que se secará?-se aventuró a preguntar Ángel.
-Se secará cuando se seque.
-Pero tengo prisa…
-¡Vuelve más tarde!
-¿En cuanto tiempo?
-En el tiempo que haga falta para que se seque…
-¿Y cuando será?
-¿Te burlas de mí? Será cuando sea.
-¿Se burla usted?
-Yo nunca bromeo.
-No hace falta que lo jure.
-¿Insinúas algo?
-No insinúo nada.
-Mira chico no me toques las narices. Otro en tu lugar habría intentado pasar a empujones, pero como eres bueno vete ahora y nos ahorraremos la pelea.
-No me fastidie…
Aquel no estaba siendo un buen día. Después de pasar la noche en vela había tenido que ir a una clase muy temprano.
-¡Déjeme pasar! ¡No voy a estar aquí toda la mañana!
Tenía decidido que en cuanto resolviera un par de detalles se iría a dormir a casa.
-Mira chaval, ¿alguna vez te han pegado con una fregona? ¡Duele! Te lo aseguro.
Después de todo el lío de siempre no le había servido de nada, y si se molestaba en ir a clase a esas horas era porque uno de esos discursos le ayudaba a despejar la mente, no pensar en nada y a conciliar el sueño cuando se metiese por fin en su cama. La noche que había pasado en vela no era la última ni mucho menos.
-¡Apártese! ¡Por favor!
Para colmo un pobre tonto había caído en los gritos del señor Ortega, el bedel de la universidad, y los gritos la ponían muy nerviosa. Laura aligeró el paso para sortear por tercera vez al chico que no paraba de invitarla a una fiesta el sábado, a quién ni siquiera conocía, y bajó las escaleras al tiempo que el chico daba un pequeño grito y el señor Ortega se regocijaba:
-¡Te dije que los golpes de fregona duelen!
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Moooola! Se entiende muy bien, salvo la parte de la "Fiesta, qué palabra más bonita", que me ha desconcertado un poco...
ResponderEliminarMola el cruce de Laura con Ángel!