martes, 8 de diciembre de 2009

Deseos de una estrella.

(Primer cuento, lo subo para no dejar esto vacío mientra pienso otras cosas)




Camina por la playa, la arena se hunde bajo el peso de tus pies, suavemente la empujas hacia abajo en cada paso. Los granos pierden su forma y adoptan la de tu huella. El único ruido, el de las olas, rompen tranquilas en la arena, no muy lejos de allí donde dejas tus huellas; como mucho, y si prestas atención, oirás el sonido de unos niños jugando a lo lejos o el de esos pájaros de la costa, las gaviotas, que chillan por un pez. Y en esa dulce mañana, si tienes suerte, hallarás una caracola en la arena, justo donde uno de tus pies iba a marcar la próxima huella. Y si te la pegas al oído… ¿Crees que es mentira que se oye el ruido del mar? Lo es, no es el mar lo que puede oírse en la profundidad de estas caracolas, sino sus historias, las historias que han ocurrido en el mar, y que, si tienes un poco de paciencia, descifrarás lo que te dicen. Ponla en tu oído y escucha con atención pues esta historia yo ya la he oído y, créeme, merece la pena contarla…

¿La habías oído antes? ¿No? Es una historia famosa entre los habitantes del mundo submarino, pues trágica y a la vez en ella encuentran una moraleja todos los que la escuchan. ¿Cuál? Bueno, eso no depende de mí… Atento, que ya empieza.

Hace no mucho tiempo, no muy lejos de la playa en que andas, digamos… Gira tu cabeza, ¿ves el punto que brilla al fondo en el agua? El que parece casi blanco por culpa del Sol. Pues más o menos en esa zona vivía una estrella de mar, la llamábamos Odis, y esa pequeña estrella era… En fin, afrontemos el hecho… Era una ingenua, no, peor que ingenua, era soñadora, tenía muchos planes e ilusiones. ¿Por qué era tan malo aquello? No entiendas mal, no es malo ser soñador, tener esperanza, mejorar la vida de uno mismo todo lo posible, en verdad es bueno, pero lo posible, tristemente, tiene un límite. Y Odis no sobrepasaba ese límite, no, simplemente era como si para ella no existiera, o más concretamente, el límite estaba ahí pero ella no lo veía.

Odis había oído hablar a los humanos, sí, los humanos piensan que su sistema de comunicación es evolucionado y complicado, pero se basa en los sentimientos, siempre que dicen algo con sus palabras lo hacen en base a lo que sienten, ya sea para expresarlo o, al contrario, para tratar de ocultarlo. El caso es que Odis pudo descifrar en gran parte su lengua, vuestra lengua, y les había oído hablar cuando señalaban al cielo de algo llamado “estrellas”. No tardó en darse cuenta que se referían a los puntos luminosos que podían verse allá arriba cuando alzaba la vista más allá de la superficie del mar. Aunque sólo se veía cuando faltaba la luz, eran como una luz más tenue que la del día, y Odis averiguó por qué. Eran lucecitas que se mantenían mientras el Sol recargaba fuerzas y que servían a estos humanos, o marineros, para orientarse si la caída del Sol les sobrecogía en alta mar. Sí es verdad que ellos hablaban de sistema de radar y de comunicaciones, las estrellas parecían ser el método antiguo de orientarse, pero aún hoy había un marinero en aquel barco que parecía entender aquel viejo método. Él lo explicaba a los demás, y Odis, pegada al casco, pasaba las noches embobada escuchando estas palabras hasta que los humanos se iban a dormir.

En una mente como la que te describo, ilusa, falta de sentido común, no es de extrañar que estas palabras causaran algo más que admiración. Pues no sólo se trataba de las estrellas de allá arriba, también de las de aquí abajo. En una ocasión en que a Odis casi la atrapa un marinero, oyó a éste referirse a ella como “estrella de mar”. ¿Por qué los humanos usáis términos tan ambiguos? Por Neptuno que nunca lo sabré. Pero ella relacionó mal este juego de palabras y empezó a pensar que ella, Odis, debía estar arriba y no abajo…
Empezó a contar por todo el poblado que iba a hacer un viaje, aún la recuerdo: “¡escuchad, escuchad! Sé que no encajo por aquí, sé que no sirvo de mucha ayuda, pero ya sé por qué es eso”. Y cuando alguno se atrevía a preguntar por qué ella decía “Porque no soy de este lugar, vengo del cielo y allí volveré”. Recuerdo unirme a las risas de todos aquellos que no la creyeron, pobrecilla; era ingenua, sí, pero ahora sé que no merecía aquello. Y aún es peor cuando recuerdo que entre lágrimas murmuraba “¿De qué os reís? Soy del cielo, lo sé, ya lo veréis… Ya lo veréis…”.

Pobre Odis, estrellita incomprendida. Pobre Odis. Si en aquel poblado hubiera habido más estrellas tal vez podrían haberla hecho entrar en razón, pero no fue así. Pobre Odis. Y así pasaban los días, y ella, tozuda, no desistía en su idea. Nadaba rápido para tratar de saltar fuera del agua, para lo cual pidió ayuda a los delfines, no hay que negar que al menos ellos intentaron ayudarla, pero desistieron al tiempo. Luego pidió ayuda a los lenguados que pasaron por completo de ella. Incluso desapareció unos días porque fue mar adentro a que una ballena la lanzara con su chorro de agua hacia las alturas, sin embargo a la vuelta seguía con su propósito. Todos estábamos hartos de su comportamiento, no sólo eran ideas absurdas, sino que molestaba a los demás con todas sus fuerzas para que trataran de ayudarla. Y la tortuga más vieja y sabia de la zona un día se plantó ante ella. “Dime pequeña Odis, ¿por qué insistes en negar lo evidente?, niegas que perteneces al mar, pero es obvio que respiras bajo el agua y vives tranquilamente aquí abajo, ¿por qué subir?”. Todo el mundo creía que la paciente tortuga acabaría con esos extraños pensamientos. Pero la necia de Odis no respondió como se esperaba… “Porque me desplazo muy lentamente, apenas puedo moverme, es como si el agua no estuviera hecha para mí. Respecto a lo de respirar, no lo sé, supongo que me habré acostumbrado. Y los humanos dijeron que yo era una estrella, como las del cielo”. “No, Odis, no, ¿recuerdas? Ellos dijeron que eras una estrella de mar. Tu sitio es este”. “¿Y si se referían a que era una estrella que ha caído al mar? Nunca lo averiguaré si me quedo aquí abajo”.

Y así siguió Odis con lo que parecía unas ideas interminables, sin embargo no fue así. A los próximos que pidió ayuda fueron los cangrejos. Y uno de ellos accedió a prestarle ayuda, pues lo que Odis quería es que los cangrejos la sacaran a tierra para continuar su búsqueda fuera del agua. “El agua está bajo la tierra, y la tierra bajo el cielo, sólo tengo que subir poco a poco” decía ella. El cangrejo en cambio decía “No sólo te llevaré a tierra sino que he descubierto por dónde se llega al cielo, y te lo enseñaré”. Pobre Odis, cruel cangrejo. Pues al llegar a la orilla la dirigió a un acantilado…

Veamos… Si con la caracola en mano has seguido andando, aún suponiendo que tus pasos sean lentos, mientras escuchas la historia, deberías poder ver un acantilado enfrente tuya, un poco a la derecha tal vez… ¿Sí? ¿Lo ves?... ¿No es tan grande? Bueno, quizá no para ti, pero míralo en la proporción de una estrella de mar. La pequeña Odis nunca pudo subirlo. La idea del cangrejo era pues dejar a Odis fuera del agua y decirle que ese acantilado era la escalera al cielo. Y así fue, la dejó allí abandonada… Ella nunca sospechó nada, en verdad, se la veía realmente feliz y confiada por las palabras del cangrejo. Ingenua y pobre Odis.

El cangrejo no alcanzó la mitad del camino de vuelta cuando empezó a comprender lo que había hecho, no sólo había gastado una broma pesada a Odis. Ella no se daría cuenta de la mentira del cangrejo, ella intentaría trepar el acantilado, ella no volvería desilusionada para ser objeto de burla. Ella, sencillamente, se secaría en el camino, ella, tristemente, moriría demostrando que se equivocaba.

El cangrejo volvió a toda prisa donde la había dejado, trepó lo que pudo buscándola, no podía estar lejos…

No la encontró, estuvo todo el día buscándola pero no la encontró. Pobre Odis. Y en aquel momento el cangrejo volvió a toda prisa al poblado deseando encontrarla allí, pero no la encontró. Pobre Odis. El cangrejo la daba por muerta, seca en su intento de demostrar que, efectivamente, se equivocaba, que nunca perteneció al cielo. Nunca supo si realmente había fallecido, o descubierto la verdad y huido. ¿Lo peor? Que la mayoría del poblado no se apenó al oír la noticia, que los que sí lo hicieron no era una pena real, sólo murmuraban un “pobrecita”. Y que muy pocos culparon realmente al cangrejo por lo ocurrido, simplemente creían que la estrella se lo había buscado por tener ideas tan absurdas.

El único que lo lamentó realmente fue el cangrejo, que pasó el resto de su vida triste por la pobre Odis. Y cuando los chiquillos comentaban la historia de Odis por las calles lo hacían mostrándola como loca, como una estúpida, y el cangrejo cuando los oía siempre que podía intervenía; “No sé si loca o no, si de ideas absurdas o no, en cualquier caso era un animal de corazón realmente puro, que confiaba en los demás sin cuestionar su palabra. No sé si alcanzó el cielo, lo que sí sé es que lo merecía” y soltaba alguna lágrima por ella ante las miradas extrañadas de los chicos.

¿Qué fue del cangrejo? Bueno, hay quien dice que se marchitó y murió de tristeza. Pero no fue así, yo lo sé, en realidad pasó el resto de su vida recogiendo caracolas vacías y dándoles forma para que en su interior, gracias al eco, pudiera oírse una y otra vez la historia de la estrella de mar Odis, quien descansa en paz en el cielo.

¿Cómo sé que el cangrejo se dedicó a esto? En fin no viene al caso preguntar. Pero sí te comentaré, volviendo al comienzo de mi historia, que la moraleja que te dije que buscaras la has encontrado. O al menos te habrás distraído con la historia. Pero no, estoy seguro de que sí la has encontrado, me juego mis pinzas a que sí. ¿No? Bueno… ¿Quieres oírla de nuevo?...

3 comentarios: