(Mi idea era no publicar nada que no hubiese escrito de principio a fin, pero como no puedo mantener el blog con ese ritmo de actualización, he decidido coger una de las ideas de las que tenía más secundarias e ir escribiendo sobre la marcha. Aún no sé qué saldrá. Aquí comienza la primera historia larga que publico en la web: No sin despedirme)
-Hace frío.
-Como siempre, supongo.
-No, esta vez hace más frío, te lo digo yo.
-Tú siempre tienes frío, es normal, al fin y al cabo…
-¡No empieces! Sé distinguir cuando hace frío de verdad, mira ¿ves eso?
-¿El qué?
-Eso del suelo, lo blanco que los niños se tiran a la cara.
-¿La nieve?
-¡No! Lo blanco…- reflexionó un momento- Sí, la nieve. Aparece cuando hace frío, ¿no?
-Sí, supongo.
-Pues eso, que hace frío.
-Como siempre, supongo.
-Aunque esos niños parecen felices, ¡Toma! ¡Le dio en toda la cara!
-Como siempre, supongo.
-No seas así, chiquilla, mira la Luna. ¡Está preciosa!
-Eso es una farola, Hugo.
-Ah, ¿y la luna cuál es?
La chica señaló arriba, tras unos edificios, donde si uno se fijaba vería la Luna tapada por algunas nubes a falta de unos días para estar llena.
-¿Es eso? ¿De veras?
-Sí.
-Pues la farola está mucho más preciosa, sin duda.
-Jeje, como siempre, supongo…
-¡Te lo digo en serio! Si ahora mismo me dijeran: “¡Tienes que poner esa farola en tu casa!”, yo diría: “Sí, ¿Por qué no? ¡Está preciosa!”. Pero si me dijeran, no sé, de colgar la Luna en mi habitación, por ejemplo, diría: “¡Ni pensarlo! ¿Tú la has visto? ¡No! ¿Y por qué? Porque apenas brilla…”.
Siguieron caminando y, a cada rato, Hugo se paraba a comentar algo de lo que veía, tras un rato de discurso sobre las farolas, y sus diferentes formas y modelos, pasó a hablar sobre los niños que jugaban en vez de estar durmiendo, con un tono de voz marcado por la añoranza de su infancia pero alegre y realmente sumergido en el juego. Celebraba cada logro y maldecía cada resbalón de los pequeños, y mientras, ella escuchaba, sólo en parte, y suspiraba al contestar: como siempre, supongo.
-¿Me estás haciendo caso?
-Como siempre…
-Es decir no.
-…Supongo…
-¡Tu apatía va a acabar conmigo! ¡Estás viva chiquilla, disfrútalo!
-… ¿Eh?... Perdona, ¿qué decías?
-Digo que vayas a la tienda, te compres una de esas farolas tan bonitas para tu casa y verás como te animas. ¡Vamos!
-Es la 1 de la mañana, Hugo, ninguna tienda está abierta.
-Entonces iremos mañana.
-Mañana tengo clase…
-Entonces, ¿qué haces levantada, no tienes que dormir? Los niños pueden perder un día de clase por esto, pero, ¿Crees que en la universidad podrás?
-No podía dormir, últimamente me resulta difícil…
-¿Eso es porque no me callo? Porque podría callarme si me lo pidieras…
-No, no es por ti… Tampoco podía dormir antes de conocerte…
-¿Es algún chico? ¿Alguno que yo conozca?
-No.
-¿No lo conozco? ¿Y por qué no me lo has presentado? Tengo derecho a saber quién no deja dormir a mi Laura. Creía que nos lo contábamos todo…
-Tú me lo cuentas todo, yo sólo escucho.
-Pues eso no está bien, ¡Debes hablar! Posicionarte, imponerte… Cuéntame quién es, o el que no podrá dormir seré yo.
-No es nadie, te lo has inventado todo sobre la marcha.
-Bueno, entonces, ¿Qué te impide dormir?
-Nada en particular.
-Sí que lo sabes. Has contestado muy rápido. Eso es que me ocultas algo.
-No lo sé. Nada nuevo, todo el mundo puede pasar por una mala racha.
-Yo sólo quiero saber si estás bien, ¿Lo estás?
-Sí, claro que sí. Como siempre…
-No eres muy convincente.
-…Supongo.
-En fin, hemos llegado, si esto sale bien mañana dormirás como una niña.
-¿Eso crees?
-Bueno, yo me habré ido.
-Sí. Te echaré de menos.
-Y yo, créeme. Pero no anticipemos los hechos. Tenemos que comprobar que es aquí.
-Está bien. ¡Qué comience la fiesta!
La noche del domingo pasó rápida, igual que había llegado. Y la mañana del lunes entró con fuerza en la vida de la gente, tan fuerte como el ruido de un despertador que se mete en la cabeza como si picaran en ella montones de mineros y de repente uno hubiese gritado: ¡Te has pasado con la dinamita! ¡Me has dejado sordo!; sólo que esto no había pasado porque todos sabemos que en nuestra cabeza no hay mineros con dinamita, suelen preferir taladros y picos que tratan mejor los yacimientos y, además, pueden usarse más de una vez.
Un despertador hubiera volado contra la pared aquella mañana, uno más aparte de los que sí que volaron en otras casas, de no ser porque Ángel no era impulsivo y sabía que si lo hacía le tocaría ir a comprar otro y al igual que los mineros prefería las cosas que se podían usar más de una vez.
Y si Ángel tenía algún problema, desde luego, era este (el de no ser impulsivo, no el de los mineros, lo mineros son metafóricos). Por las mañanas iba a la facultad, por la tarde estudiaba, por la noche dormía, y, si se acordaba, entre medias comía. Y a todas horas se lamentaba por ello. Pues hace tiempo que parecía haber decidido que su vida era tremendamente aburrida. Y mientras pensaba en lo poco que deseaba levantarse aquella mañana apagó el despertador y, sin quererlo, se quedó dormido.
Una hora y media más tarde iba corriendo, tratando de no patinar con los restos de nieve que quedaban de la noche anterior, echando vapor por la boca debido a la respiración agitada en aquel frío matinal y con la bufanda mal anudada al cuello. Camino de la facultad maldiciendo no haberse levantado al primer toque de despertador.
Y al llegar, subió la escalera, corrió a su clase y leyó el cartel de la puerta. Decía algo como: “El profesor de esta chorrada de asignatura, impartida de 9 a 11 a.m., no ha venido por enfermedad todos le deseamos que no se recupere”.
Parecería una broma de no ser por el conocimiento público de que el bedel iba a ser jubilado después de muchos años sin su permiso, y ciertas cosas parecían indicar cierto resentimiento por su parte.
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Yo también quiero una farola, jo...
ResponderEliminarDios, qué genial. Quiero leer MÁS
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